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El Abierto Mexicano de Diseño 2015: ¿diseño domesticado?

Dulce Colín

AMD

El Abierto Mexicano de Diseño desaprovechó la oportunidad de explotar al máximo el tema de su última edición: imaginar de la mano del diseño mexicano soluciones a los problemas sociales.

I.

Camino sobre Avenida Juárez un jueves por la tarde. Veo en la Alameda Central una instalación temporal que ocupa gran parte de sus pasillos: una serie de 40 estructuras tridimensionales de metal color rojo que dan la idea del contorno de una casa, tal como la dibujábamos en el jardín de niños. De sus esquinas cuelgan hamacas del mismo color y me alegra ver que grupos de amigos, parejas, familias y trabajadores en uniforme las usan y disfrutan. La instalación se llama Mi Casa, Your Casa y es una creación del diseñador Héctor Esrawe y el arquitecto Ignacio Cadena. Se exhibió como parte de la tercera edición del Abierto Mexicano de Diseño el pasado mes de octubre.

Las hamacas me resultaron un guiño encantador al recuerdo que tenía de la Alameda. Durante años, de 2000 a 2005, transité casi todos los días por esa zona. Me parecía fascinante ver cómo la gente descansaba después de una jornada de trabajo o se refugiaba del sol furioso de la tarde para dormir. Un parque público que se precie de serlo debe ofrecer a las personas la posibilidad de echarse un sueñito. Pero, a partir de su “rescate”, recostarse es una de las actividades prohibidas ahí —es de muy mal gusto dañar la costosa arquitectura de paisaje del renovado jardín colonial.

La pieza de Esrawe + Cadena, concebida para promover “interacciones comunitarias, culturales y de integración social”, le regresaba la función de descanso a este espacio central. Era una pieza de diseño que planteaba una solución atractiva a una necesidad social mal vista por los defensores del decoro: el dormir en público. Me llevé una decepción la noche siguiente, la del viernes, sin embargo, cuando vi que las hamacas no estaban. Según me dijo un policía, cada noche se guardaban para protegerlas. ¿Protegerlas de qué o de quién? ¿De los indigentes que quieran una superficie más cómoda para pernoctar? Quizá, para quienes deciden y controlan el espacio, las “interacciones comunitarias, culturales y de integración social” no son deseables durante la madrugada.

Entonces pienso en esas ciudades que utilizan el diseño para ejercer actos de micro-violencia contra las personas indigentes que viven en la calle, con el fin de mantenerlas fuera de la vista: cosas como cubrir el piso de los rincones o de las entradas a edificios públicos y comerciales con grandes tachuelas de metal o concreto; o esos diseños de bancas en parques y paradas de autobuses aptos para sentarse por periodos cortos, pero imposibles de usar para recostarse. Pienso en ese uso del diseño en las políticas urbanas que segregan, excluyen y esconden el problema. Por otro lado, recuerdo también la librería pública de Seattle, diseñada por Rem Koolhaas y conocida como el “paraíso de los homeless” –un espacio donde el personal es amable con las personas sin hogar fijo y donde estas pueden protegerse del clima en sus cómodas salas y hasta bañarse en sus instalaciones. Estas hamacas podrían haber servido para algo así.

II.

Es domingo y estoy en la Academia de San Carlos. Aunque sus muros del siglo XVIII no aíslan el alarido del comercio que resuena desde Moneda, Correo Mayor y alrededores, sus salas son un fresco remanso. Ahí se presenta “Del Hecho en México al Diseñado en México”. De entre las más de 150 actividades programadas, esta es una de las que más llamaron mi atención pues deseo conocer los 25 productos más destacados, los que recibieron el sello “Diseñado en México” –sello promovido por la Asociación Diseña México A.C. y ProMéxico, organismo dependiente de la Secretaría de Economía.

“Ya hay excelente diseño en México. Falta solo reconocerlo, impulsarlo y promoverlo.” El texto de la sala enfatiza que los objetos de esta muestra destacan por su creatividad, excelencia, calidad e innovación en su propuesta de soluciones.

Elegí esa muestra teniendo en mente algunos proyectos que recordaba del Design for the other 90%, una iniciativa del Museo de Diseño Smithsonian que sistematiza y explora el impacto social de productos y prototipos de diseño industrial creados alrededor del mundo con un fin particular: ofrecer soluciones a los problemas inmediatos derivados de la desigualdad y la pobreza.

La muestra en San Carlos no podría estar más alejada de mis expectativas. La selección está conformada por: una almohada adecuada al perfil del genotipo mexicano (sic), unos cuantos modelos de llaves para lavamanos y regaderas, sanitarios, interfones con monitores, teteras y servilleteros de metal, una charola contenedora de plantas y un par de modelos de cubículos de oficina. Más allá de ser decepcionante (como sin duda lo es), la selección detona ciertas preguntas en mi mente: ¿a qué problemáticas atiende este tipo de diseño impulsado por el gobierno mexicano? ¿A quiénes sirve?

No son preguntas azarosas. El tema de este Abierto Mexicano de Diseño fue el de “Soluciones”. Las ediciones anteriores habían sido dedicadas a los temas “Oficios” y “Procesos”. La premisa en su convocatoria consistía en que, a partir de las necesidades que surgen de contextos diversos, el diseño puede proponer soluciones de carácter social, ambiental, económico, político o funcional.

Los profesionales involucrados en la industria señalan que el buen diseño tiene el potencial de impactar positivamente en la vida de las personas. No hay duda de eso. El académico e investigador Guy Julier, por ejemplo, asegura que el diseño tiene un lenguaje crítico y político: los diseñadores pueden crear objetos, espacios o experiencias desafiantes capaces de transformar actitudes o generar nuevas formas de imaginar cómo podrían ser nuestras vidas y nuestras relaciones sociales.

Sin embargo, se suele obviar y olvidar que esta disciplina, así como la conocemos ahora, se desarrolló a partir de la revolución industrial, a la par de las necesidades del sistema de mercado. El diseño ha estado al servicio de la producción mercantil y el consumo antes que al servicio de las personas o de las sociedades.

III.

Desde hace años, han aparecido diversas iniciativas cuyo fin es impulsar las disciplinas del diseño –gráfico, textil, industrial– como promotoras de desarrollo social, cultural y económico del país. El mismo Abierto Mexicano de Diseño nació en 2013 con el propósito de “democratizar el diseño” y mostrar a un gran público la producción nacional de marcas, fabricantes, universidades y autores, seleccionada mediante una convocatoria abierta y el pago de la inscripción para ser incluidos en el programa final.

Asistí a tres de las sedes principales del Abierto en busca de esa muestra representativa y democrática de la propuesta y producción nacional contemporánea. Después de recorrer las salas del Museo Nacional de Arte, del Palacio Postal y del Franz Mayer, la sensación que predominó en mí fue la de haber asistido a un show room donde solo cierto tipo de marcas y autores son dignos de reconocerse y valorarse, donde se promocionan solo productos que comparten ciertos valores estéticos y apelan a un cierto tipo de gusto socialmente legítimo.

Había piezas de los famosos diseñadores Emiliano Godoy, Héctor Esrawe y Ariel Rojo, miembros del consejo fundador. También una muy publicitada muestra del trabajo de los despachos internacionales Cadaval & Solà-Morales (Cataluña), Gavillet & Rust y BIG-GAME (Suiza), además de una propuesta de ropa deportiva de innovación tecnológica de Nike y una instalación del vodka Absolut.

Más que una oferta diversa que enriquece el entendimiento o sensibiliza ante un tema (las “Soluciones”) abordado desde distintos perfiles económicos e identitarios, o hasta de distintas posturas ideológicas dentro de una misma disciplina (el diseño), el resultado fue otro. El resultado se asemejaba más a un gran catálogo de objetos estilizados que indican el estatus económico del grupo social al que se orientan. Basta hojear revistas de lujo de diseño y arquitectura, o visitar tiendas especializadas, para conocer los precios de las piezas de dichos estudios y autores y saber a qué grupo económico se dirigen.

Mención aparte merecen dos proyectos expuestos en el Palacio Postal: el pabellón del despacho Barnabé Bustamente Ludlow Arquitectos, con cientos de las postales de la iniciativa ciudadana #YaMeCansé Por Eso Propongo, y Tlatelolco 1:500, del despacho Central de Maquetas. Ambos proyectos generaban un diálogo creativo con la realidad inmediata de la vida social y provocaban lúdica y francamente al público.

Iniciativas como el Abierto Mexicano de Diseño merecen un debate y una apropiación pública mucho más amplios de los que reciben hoy en día. Primero, porque reciben recursos del Estado, ya sea como financiamiento, para difusión o con permisos para hacer uso de los espacios públicos; segundo, porque el ejercicio de la crítica en esta disciplina es hoy marginal. Los medios contribuyen a su difusión, ya sea replicando el boletín de prensa, recomendando las mismas “10 actividades que el público no se debe perder” o, en el mejor de los casos, con alguna entrevista aislada. Se requiere más.

Una mirada más crítica al diseño, y a sus plataformas de difusión, nos ayudaría a trascender su carácter de espectáculo y de objeto de aspiración social; una reflexión más amplia enriquecería nuestra manera de entender sus dinámicas, procesos y propuestas. Así podríamos reconocer que ciertas prácticas del diseño pueden promover la exclusión y la desigualdad simbólica y social. Así podríamos distinguir, también, qué tipo de diseño se preocupa por atender los cambios sociales, culturales y tecnológicos, por entender las necesidades contemporáneas y por valorar el impacto de sus propias intervenciones en los espacios públicos y privados. Identificar qué diseño se rebela, en realidad, ante un sistema que suele rendir culto al fetiche de las mercancías.

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Morgana Ludlow